Evolución y enmarque de la liberación sexual en el proceso de liberación nacional y social de Euskal Herria es un artículo de Iñaki Gil de San Vicente publicado ya en la revista EZPALA Abertzaleko Aldizkaria. Publicación de la Izquierda Abertzale (Pedro Egaña nº 2 - 1º esk. 20006 Donostia) nº 7 de 1998, pp 35-43.
También ha aparecido en el libro EUSKAL BORROKA FEMINISTA aurrera!! publicado por Egizan en 1999, pp.49-63.
La liberación sexual es una necesidad básica para
comprender el proyecto independentista y socialista abertzale.
Dicha liberación se está realizando ahora mismo
en medio de grandes dificultades y pugnando contra otro modelo
sexual que se está imponiendo desde los aparatos de poder.
La liberación sexual no es sólo la ineluctable superación
de un viejo orden sexual, sino sobre todo la lucha contra otra
sexualidad que pretenden imponer destinada a llenar el vacío
que deja el modelo caduco. La vieja defendía el orden sexual
franquista, la nueva el del capitalismo mundializado. La primera
fracasó en encorsetar y dirigir los avances sexuales habidos
desde comienzos de los setenta, pero aún decenas de miles
de vasc@s malviven sexualmente y desconocen sus grandes potencialidades
de placer, al haberla padecido desde su nacimiento. La segunda
aún no ha desplegado definitivamente su aterrador poder
de control, manipulación y represión, aunque el
proyecto del Gobierno español de endurecer brutalmente
el Título VIII del Libro I del Código Penal de 1995
es uno de los pasos decisivos en ese sentido, en caso de ser aceptado
por el resto de fuerzas parlamentarias.
Luchando contra la superada pero aún coleante sexualidad franquista, y sobre todo, contra la nueva ofensiva represora, contra ese nuevo orden, vive, goza y avanza la liberación sexual. Lo hace con muchos problemas, con escasos medios educativos, científicos e higiénico-sanitarios, frecuentemente con tanteos y exploraciones, con rupturas, pero también con angustias y temores, con retrocesos incluso, con caídas claudicantes en la falsa tranquilidad del sexo institucionalizado, encarcelado entre las paredes del matrimonio agotado, del miedo al placer, de la ignorancia del propio cuerpo, de la represión, desplazamiento o sublimación de los deseos, sueños y fantasías sexuales...
La sexualidad, o mejor las sexualidades, en plural, no son pura biología reproductiva; tampoco son reductibles a la mecánica orgásmica. Todas las que coexisten y chocan en una época, forman un multidimensional espacio en el que los poderes se alían para controlar, domesticar o exterminar las pautas sexuales de las masas oprimidas, e imponerles a la vez o más adelante otros códigos que aseguren la reproducción de esos poderes. Tales luchas no son sólo represivas y exterminadoras, aunque en caso desesperado no dudan en aplicar una brutalidad extrema, sino que también delegan minipoderes a franjas de oprimidos, los corrompen e integran en sus lógicas, y también producen saberes y conocimientos que en manos de esos minipoderes producen beneficios, placeres y ganancias que refuerzan en poder sexual dominante. Maridos, novios, amigos, sujetos que dominan en las relaciones sexuales, que imponen sus gustos, que controlan y vigilan para que la otra persona, no se independice o siquiera no dude, no pregunte y no proponga innovaciones que pueden acarrear una disminución o incluso la pérdida de los privilegios y poderes del macho dominante.
Estos sujetos están interesados en mantener el orden sexual
establecido e incluso pueden impulsar ciertos cambios beneficiosos
para ellos. Pero no tolerarán en absoluto la independización
de las personas que les obedecen, que con su sumisión sexual
les proporcionan no sólo un placer más o menos intenso,
sino sobre todo el fortalecimiento de su autoestima como machos
dominantes, el ascenso en el ranking público del sexismo,
con las repercusiones de todo ello en un aumento de su capital
simbólico personal. Estos sujetos, sin embargo, son los
primeros en apoyar las restricciones legales que con cualquier
excusa imponga el orden patriarcal sobre las capacidades sexuales
de las gentes. Por eso, la liberación sexual es a la vez
trifronte: contra el poder machista público, contra el
privado y contra los propios miedos y temores personales. Es una
lucha liberadora contra las leyes y sus instituciones, contra
la dominación del amo concreto, y contra el sistema represivo
interno, inconsciente, que cada nos han introducido.
1.-
El Abate Monteuil escribió sobre la altivez de la mujer
vasca en el siglo XVII, siglo de áspera batalla entre dos
estrategias de construcción del cuerpo: la burguesa de
la Reforma y la tardo-feudal de la Contrarreforma. Pero antes
de que ambas chocaran en sus dispositivos sexuales, corporales,
familiares, temporales, educacionales, etc., existía una
dura pugna entre la sexualidad perviviente de la Alta Edad Media,
de los siglos obscuros y de las prácticas paganas aún
vivas, y el nuevo orden sexual inherente a los Estados en centralización
y la Iglesia desde el siglo XII. En la lucha para destruir esa
sexualidad anterior se formó primero el código medieval
y después el burgués, inicialmente interesados en
santificar la fusión de la propiedad sexual con la económica
mediante el sacramento del matrimonio indisoluble. Recordemos
la tenaz resistencia en Navarra al matrimonio indisoluble decretado
en esa época. La ofensiva antisexual se endureció
con el Concilio de Letrán de 1219, al anular los matrimonios
realizados sin la presencia del cura. Identificar a la mujer con
el mal y el pecado era tarea eclesiástica. Los franciscanos
con San Buenaventura como líder, destacaron por ese ataque
desde el siglo XIII. La aparición en esa época de
la prostitución facilitó la identificación
en un período de empobrecimiento económico. En Euskal
Herria el siglo XV está surcado por las referencias de
los poderes urbanos a las libertades de las muchas mujeres. Las
minuciosas ordenanzas municipales muestran esa preocupación
de los hombres ricos. Pero existía un acoso sexual institucionalizado,
agresiones físicas y violaciones.
La Iglesia reconoció en 1510 la fuerte pervivencia de viejas
tradiciones y creencias precristianas ancladas en nuestro pueblo.
Poco después se desató la caza de brujas por la
Inquisición en toda Euskal Herria, activa hasta el primer
tercio del siglo XVII. Hay que recordar que la Inquisición
española sólo se implantó en todo Hegoalde
tras la ocupación militar del Reino de Navarra en 1513.
La represión brujeril fue parte substancial de la represión
del orden sexual popular, su cultura oral y euskaldun, su paganismo
latente bajo la superficialidad del culto cristiano. Una represión
también ejercida en nombre de un nuevo y superior conocimiento
que se había formado en universidades que habían
excluido a las mujeres. El saber expansivo que llegaría
a ser la revolución científica del siglo XVII, nació
misógino. Mientras que Galileo y Descartes alumbraban el
racionalismo mecanicista, a la vez, se quemaban mujeres vascas,
esas a las que el Abate Monteuil achacaba altivez. Aquella sexualidad
resistió recurriendo a todo, desde el adulterio privado
o en grupo hasta el rapto matrimonial, pasando por el matrimonio
clandestino, concubinato, uniones libres y amancebamiento. Resistencia
difusa incluso al final del siglo XVIII, cuando el dispositivo
sexo-corporal señorial retrocedía ante el burgués.
Resistencia infinitamente más arriesgada y peligrosa para
la mujer que para el hombre por la enorme desproporción
de castigos por la infracción del orden sexual.
Mientras Erasmo de 1530 defendía la urbanidad, la regulación
de la cotidianeidad, de la nueva jerarquía en mesa y convites,
de la nueva privacidad doméstica y en el dormitorio, inaugurando
el refinamiento y la etiqueta, en ese momento la Reforma burguesa,
especialmente Calvino, defendía justo lo contrario, el
trabajo y el ahorro, la austeridad en el gasto y la condena de
la suntuosidad. Esta contradicción no rompió la
unidad sexual entre católicos y protestantes o hugonotes
en Iparralde, que no salieron en defensa de la mujer, como indican
las persecuciones y quemas de brujas en 1576 en Lapurdi, en 1599
en Zuberoa, en 1605 en Miarritze y las 700 personas quemadas vivas
en 1609 en Lapurdi, la mayoría de ellas mujeres y dos curas.
El triunfo de la Contrarreforma tridentina en Euskal Herria no
garantizó aún y todo su impunidad pues tras finalizar
en 1563, hasta 1591 se adoraban en la catedral de Iruñea
imágenes sacras prohibidas 28 años antes, y todavía
a comienzos del siglo XVII se protestaba por escrito en Donostia
contra la obligación de escuchar el sermón dominical.
Incluso en temas tan vitales para el nuevo orden como eran los
concernientes a su propia e interna obediencia, existían
fuertes resistencias colectivas.
Trento potenció dos grandes control sexuales, la confesión
y el sermón. La primera permitía conocer las debilidades
de la carne y aterrorizar directa y personalmente con el infierno.
El segundo, adoctrinar y amenazar en público. La Virgen
María como ideal separó aún más a
las mujeres ricas de las pobres, muchas de las cuales se sumaban
a las matxinadas, motines y sublevaciones populares contra la
minoría acaparadora que estallaron desde comienzos del
siglo XVII. Poco después aparecieron las primeras escuelas
para niños ricos y con ellas la imposición de otra
sexualidad: la del miedo al propio cuerpo por el pecado de onanismo,
de masturbación. Esta presión se amplió en
el siglo XVIII. Mujeres y niñ@s de las clases dominantes
fueron adoctrinad@s para rezar sus oraciones de castidad al pie
de la cama, para huir de las tentaciones nocturnas. La nueva sexualidad
se imponía en castellano y francés porque el euskara
estaba excluido de las escuelas. Se fue construyendo una mujer
e infancia dóciles, pasivas, asexuales, castas y vírgenes,
obedientes, disciplinadas. La Ilustración y los revolucionarios
burgueses de finales del XVIII fortalecieron esa construcción.
Existían, así, las bases para la victoria del nuevo
orden sexual más allá de las reducidas clases dominantes,
pero la larga secuencia de protestas, huelgas, matxinadas, guerras
e invasiones que asolaron Euskal Herria entre los siglos XVII
y XIX, presumiblemente fue una causa importante del retraso de
su victoria, y de la pervivencia de costumbres con rescoldos del
viejo sistema sexual. Decimos presumiblemente porque habiendo
pocos estudios, los que existen así lo sugieren. Además,
los períodos convulsos y tensos, las luchas, resistencias
armadas y guerras populares como las dos carlistadas, propician
un relajamiento de las disciplinas y controles sexuales. Como,
sobre todo, chocaban dos culturas, euskaldun y erdaldun, se puede
sospechar que la continuidad de un antiguo orden sexual más
o menos debilitado se logró también en y por la
resistencia muchas veces violenta a injusticias internas y agresiones
externas, y a la función clave del euskara en su racionalización.
Y que el desarrollo de un código sexual nuevo se alimentó
de la dinámica interna socioeconómica y de las ayudas
militares externas, invasoras, más el imprescindible apoyo
del castellano y del francés.
2.-
El siglo XIX vio crecer el orden sexual capitalista básico
asentado en cinco pilares: la medicina científica desde
los descubrimientos de Pasteur en 1876; la psicología que
tuvo en Wundt, Lombroso y Freud sus grandes maestros expandiéndose
desde los ochenta de ese siglo; el higienismo social que derivó
en seguridad social desde 1881 en la Alemania de Bismarck; la
sociología de Comte y Spencer que se opuso al socialismo
revolucionario marxista y anarquista, y la nueva pedagogía
de la infancia popular que tuvo en Alemania su principal experimentación.
La sexualidad burguesa, o sea, el complejo psicosomático
productor de fuerza de trabajo, de sumisión moral y miseria
sexual en la reproducción biológica, era inseparable
de esos cinco pilares. La oleada revolucionaria de 1848-49 forzó
su parto y la Comuna obrera de 1871 y el inmediato ascenso socialista
en toda Europa, aceleraron los ritmos de todos y cada uno de esos
recursos disciplinarios.
La década de los setenta del siglo XIX fue clave para Euskal
Herria porque, en Iparralde, la aplastante derrota francesa ante
Alemania en 1870 multiplicó exponencialmente la presión
ultracentralista y antivasca, y, en Hegoalde, la derrota militar
de la feroz guerra de supervivencia de 1872-76, llamada por los
españoles segunda guerra carlista, acabó con los
restos del Régimen Foral. Vayamos por partes. La burguesía
francesa tuvo pánico por las lecciones de la fulgurante
derrota ante Alemania: atraso económico, débil
"identidad francesa" y fuerte movimiento obrero. La
estrategia posterior buscó resolver los tres peligros.
Iparralde sufrió en lo económico, la extrema periferización
y dependencia absoluta hacia el norte del Estado, generando pobreza
estructural, migración masiva y despoblamiento; y en lo
identitario, la presión antivasca en todos los aspectos,
sobre todo en el nuevo sistema educativo, copiado precipitadamente
del alemán, destinado a fomentar el "espíritu
francés". La escuela de Jules Ferry y la máquina
de alistamiento militar tenían el mismo objetivo. Una temporalidad
estática y plomiza se implantó en la sociedad vasca,
fortaleciendo a sus estamentos conservadores durante décadas.
El orden sexual tradicional mantuvo así su estructura patriarcal
y reproductora, en una vida gris y anodina que contrastaba con
el consumo exuberante y lujurioso de las clases ricas en casinos
y prostíbulos de Miarritze.
La derrota militar de 1876 destrozó la Soberanía
Foral e impuso cambios estructurales de largo alcance pero muy
celéricos. Para 1890, cuando la primera gran manifestación
y huelga obrera, respondida con el estado de guerra, la sociedad
vasca sufrió un desquiciante terremoto en sus códigos
sexuales. Por ejemplo, en el Bilbo de 1825 la edad media de matrimonio
de las mujeres era 27,6 años bajando a 24,8 años
en 1887, mientras que la edad media de los hombres se mantuvo
casi la misma, alrededor de 27. Tanta reducción en las
mujeres fue debida a un recorte radical de su libertad y de su
capacidad para contribuir como el hombre al costo familiar. Las
mujeres perdieron independencia personal y económica con
la industrialización desatada y debieron lanzarse antes,
más indefensas, al mercado del matrimonio. Las consecuencias
de todo ello sobre la gratificación sexual eran innegables,
sobre todo en una sociedad en la que el movimiento obrero generaba
un nuevo machismo o asumía fervientemente el machismo burgués,
presionando con fuerza para que las mujeres dejasen la fábrica
y se enclaustrase en casa.
Cuando el alcoholismo masivo degeneraba en peleas a puños,
a navajas o con pistolas, de modo que en 1885 la patronal minera
pidió al gobernador que expropiada a los obreros todas
sus armas. Cuando la subalimentación, pobreza y falta de
higiene social causaban estragos como la epidemia de cólera
de 1884 y el posterior rebrote de fiebres tifoideas. Cuando la
norma era el endeudamiento permanente con los economatos patronales,
como el de Gallarta, que fiaba al 95% de los trabajadores del
pueblo. Cuando se malvive así apenas hay placer libre y
emancipado. Las mujeres fueron condenadas al "dulce hogar"
al perder su independencia económica y firmarse la alianza
patriarcal capital-trabajo con ese fin. El higienismo social jugó
un papel clave con su "nueva mujer" asexuada y sumisa
destinada a ahorrar dinero al patrón con el trabajo y ahorro
domésticos, padecer la agresividad y frustración
del marido, ser ancla desmovilizadora en casos extremos, y formar
la nueva fuerza de trabajo según las consignas profilácticas,
pedagógicas y políticas del orden burgués.
La derrota sexual fue imparable: en 1825 el 45% de las mujeres
activas en Bilbo eran casadas y viudas, en 1935 eran el 15%. Bilbo
adelantaba lo que sucedería en todo Hegoalde.
El higienismo social fue un movimiento patriarco-burgués
destinado a parchear las insoportables condiciones sociales. De
base cristiana, potenció el mito de la maternidad como
instinto humano, creado artificialmente desde el siglo XVIII con
la familia burguesa del capitalismo comercial. Los reformistas
y los Estados se inquietaron por la calidad y cantidad de los
partos. Calidad para el trabajo y cantidad para las guerras. Lo
que se ha llamado la colonización de la infancia mediante
la nueva escuela y la puericultura, sumado al adoctrinamiento
de las mujeres burguesas y de las obreras recluidas en casa, se
logró con el paciente esfuerzo de las iglesias cristianas,
colectivos médicos e instituciones estatales. Luego se
sumó el patriarcado obrero-sindical. En Hegoalde desde
comienzos del siglo XIX existían ayudas forales a la alimentación
de niñ@s pobres, pero desde 1902 se impulsó la acción
de Diputaciones, Cajas de Ahorro y grupos reformistas, además
de las leyes de los Estados ocupantes. Daban charlas, editaban
folletos, visitaban casas obreras enseñando lo maligno
de la masturbación, sexo pre y extraconyugal y no reproductor,
homosexualidad, dispendio, falta de decoro y malos modales, lectura
de prensa subversiva...
El retraso de la industrialización vasca y el peso enorme
de la represión religiosa, política y militar -basta
repasar entre 1890-1931 la larga lista de toques de queda y de
sitio, el poder eclesiástico, la influencia de la prensa,
la tasa de analfabetismo, las dictaduras Primo de Rivera y de
Berenguer,- hicieron que las izquierdas apenas elaborasen un plan
de liberación sexual. Tampoco surgió un potente
movimiento feminista como en otros países. Las valiosas
tesis anarquistas que tanto lograron en Catalunya, por ejemplo,
casi no tuvieron eco en Euskal Herria. La misma suerte corrieron
las primeras teorías liberacionistas de la revolución
bolchevique de 1917 y los posteriores de la Sex-Pol freudo-marxista
alemana. Las leyes de la II República española,
derecho al voto en 1931, derecho al divorcio en 1933, suavización
de la represión psiquiátrica de 1933-34, tan dañinas
contra las mujeres, etc., fueron barridas por el golpe militar
de 1936.
3.-
Con el franquismo la Iglesia apoyó fervorosamente al machismo asustado por el tímido feminismo republicano. El fatuo sexismo militarote de uniformes, desfiles, saludos y símbolos fálicos, sirvió hasta 1959 para excitar y unir la identidad de género masculino con la españolidad, y desacreditar a los "rojo-separatistas" como afeminados enemigos de la "hombría de la raza". Aunque la mística fálica fascista se debilitó oficialmente en 1959, pervivió en la educación, propaganda y prensa. Con el desarrollismo la falocracia tuvo que adaptarse a grandes cambios con determinantes efectos sexuales: masivo traslado poblacional del campo a ciudades en construcción; llegada incontenible de turistas y películas extranjeras; rápido desarrollo de la TV, y costumbres nuevas que decenas de miles de emigrantes narraban en sus vacaciones. La censura no detuvo la avalancha de imágenes, modelos y propuestas alternativas.
Pero la masacre franquista había sido tan terrible que
izquierdistas y feministas no podían responder a esos cambios.
Aunque muchas mujeres lucharon en retaguardia, en los frentes
y en la clandestinidad durante la larga guerra de 1936-47, cuando
el PNV desarmó su tropa en Iparralde, su heroísmo
no rompió el machismo organizativo. Después, las
grandes huelgas y pequeñas resistencias hubieran sido imposibles
sin su acción invisible. En los primeros años de
ETA la reivindicación feminista estaba prácticamente
ausente. Pero existían fuerzas decisivas para el futuro
de una estrategia de liberación sexual: la mujer que militaba
o colaboraba en las crecientes formas de resistencia vasca, que
en casa enseñaba el euskara a sus hij@s, que buscaba trabajo
asalariado, que empezaba a organizar grupos de euskara, bailes
y cultura, de guarderías populares, de mujeres para autoayuda
y educación sexual, que no aguantaba el acoso machista,
que comprendía las acciones de ETA y que sintió
orgullo de género al ver a otras mujeres condenadas a muerte
por ser de ETA.
Desde inicios de los setenta la emancipación sexual práctica
buscaba ansiosamente aportaciones teóricas de las luchas
sociales, feministas y obreras simbolizadas en el mayo'68 francés,
para responder mejor al orden sexual dominante. En éste
sobrevivía el caduco sistema nacional-católico,
con su prensa, escuelas y púlpitos, pero irrumpía
ya el modelo sexual keynesiano centrado en el consumo erótico
de masas. Así, mientras muchas mujeres y colectivos de
toda índole abrían nuevas reivindicaciones, el orden
patriarco-burgués se distanciaba de la estrecha represión
anterior y permitía una supuesta reforma sexual simultánea
a otra supuesta reforma política en el final del franquismo.
Fue un proceso ineluctable desde el momento en el que el desarrollismo
de los sesenta abrió las primeras grietas en la vieja sexualidad
franquista que se cuarteó con un ritmo propio pero dentro
del resquebrajamiento de la dictadura. Incluso el poder dominante
manipuló la supuesta reforma sexual para retrasar las políticas
aparentando más concesiones y aperturismos.
Modas artificiales como el "destape", o el "cine
erótico" de pestilencia ramplona y sexista, o las
primeras revistas sobre información sexual, o cierta liberalización
del acceso a condones y a anticonceptivos bajo manga, o incluso
algunos programas televisivos que forzaron hasta dimisiones sonadas,
etc. Ahora se nos ha olvidado aquella miseria sexual y aquella
aparente liberación y reconocimiento de derechos sexuales,
corporales, afectivos y amorosos básicos. Pero la dominación
patriarco-burguesa obtuvo suficientes ganancias con aquella maniobra
de abrir con tensiones internas por la resistencia del machismo
más retrógrado, la espita de la sexualidad keynesiana
ya dominante en el resto de Europa. Mientras las izquierdas discutíamos
sobre comunas colectivas, papel de la familia, amor libre, liberación
del cuerpo, nueva educación amorosa, sexualidad infantil,
y luchábamos por guarderías y centros vecinales,
el poder dejaba en manos de un machismo oportunista la propagación
de un consumo erótico de masas que daba suculentos beneficios
económicos y desviaba o apaciguaba tensiones y reivindicaciones
difusas, borrosas, desorganizadas, precisamente para evitar que
se organizaran y concretaran.
El consumo erótico de masas era la gratificación
sexual funcional y adecuada a la honda larga expansiva de 1945-70.
Junto a otros medios de dominación e integración,
como seguridad social, servicios sociales en educación,
cultura, subsunción del sindicalismo, etc., el consumo
erótico de masas desactivaba la tensión nerviosa
del trabajo en cadena, en serie y taylor-fordista, de la guerra
fría y amenaza nuclear. Daba a los hombres de las clases
oprimidas una sensación de libertad sexual o al menos de
mayor capacidad de disfrute, que la que recordaban existía
en los años treinta, durante la guerra y justo después
de acabar ésta, en los duros primeros años de las
agotadoras reconstrucciones de todo lo arrasado y destrozado.
Para la juventud que apenas recordaba los últimos años
de la guerra, era el tercero de los componentes básicos
del nuevo sistema, siendo los otros dos el pleno empleo y el arrasador
consumismo. Para las crecientes masas de emigrantes forzados,
exiliados políticos o desplazados por la guerra y sus secuelas,
el consumo erótico machista era, muy probablemente, la
única forma de gratificación sexual posible. En
cuanto a la sexualidad de las mujeres ¿a quién importaba
si el feminismo apenas había comenzado a despertarse? En
aquellas condiciones, pues, el consumo erótico de masas
actuaba como desagüe y sumidero de múltiples tensiones.
Las izquierdas tradicionales, stalinistas, eran incapaces de responder
a esa manipulación, y las llamadas nuevas izquierdas, pese
a sus críticas muchas veces certeras, carecían de
poder de presión para detener el comercio erótico,
que no era sino el primer paso de la siguiente y ya actual industrialización
de la sexualidad falocrática.
Sin embargo, ocurría que la parte más superficial
de este orden sexual llegó tarde a Hegoalde por la pervivencia
del franquismo, obligando a miles de vascos a pasar a Iparralde
para acceder al mercado erótico: cines y revistas pornos,
artefactos eróticos en sex-shop, condones. Conforme su
acceso se facilitaba en Hegoalde por efecto de la supuesta reforma
sexual, decrecía el paso a Iparralde, en donde muchos negocios
del comercio erótico entraron en crisis, al igual que en
Perpignan y otras zonas de la Catalunya norte. Pero este orden
aceptaba a regañadientes y con resistencias, el divorcio,
aborto, anticonceptivos, homosexualidad, cambio de sexo, educación
sexual menos mala, etc. Muchas vascas pasaron a Iparralde a abortar,
por ejemplo, pues la caduca sexualidad franquista se resistía
a desaparecer incluso tras la muerte del dictador, y sólo
en 1981 se legalizó el divorcio, en 1983 los anticonceptivos
y en 1985 se despenalizó parcialmente el aborto. Estas
conquistas elementales y básicas para un disfrute de la
sexualidad libre, se debían, desde luego, a la fuerza de
la lucha para obtenerlas, pero aún y todo así, la
realidad social cotidiana se estaba volviendo en contra de la
liberación sexual, como veremos luego.
La década 1975-85 fue de fuerza del feminismo vasco en general, que en 1977 tenía sus I Jornadas Feministas de Euskadi, en 1979 movilizaba mucha gente y en 1984 sus II Jornadas. Sin embargo, agonizaba. Por un lado, no supo atraer a las mujeres más jóvenes; por otro, el PSOE absorbió a bastantes mujeres y las conquistas citadas dejaron sin estrategia a medio y largo plazo; además, estallaron disputas entre grupos que impidieron cualquier trabajo en común y, por último, la política neoliberal y el incumplimiento del programa electoral del PSOE propiciaron el desencanto feminista, desmoralización que antes desintegró a la izquierda estatal y reformista. Había muerto el feminismo formado en la escueta lucha contra el orden sexual franquista. Su apogeo llegó con la crisis de ese orden, y su muerte con los cambios introducidos por el poder patriarco-burgués. Desde 1974 mujeres abertzales discutían en Iparralde la necesidad de una organización específica contra la triple opresión: sexual, nacional y clasista. En 1978 se concretó ese avance en Hegoalde y desde ahí en adelante, con reorganizaciones en 1981 y 1988, surgió el feminismo abertzale.
4.-
A comienzos de los ochenta surgió el nuevo dispositivo
sexual destinado a integrar bastantes de las características
de la sexualidad keynesiana en un orden corporal más adecuado
a las necesidades del capitalismo mundializado, post-keynesiano.
La investigadora Susan Faludi recopiló en su imprescindible
y voluminoso texto "Reacción. La guerra no declarada
contra la mujer moderna" (1993), la rapidez y gravedad de
la expansión de ese nuevo sistema precisamente en una de
sus cepas de incubación, los EEUU: en 1976-84 los asesinatos
de mujeres por motivos sexuales crecieron un 160% mientras descendía
la tasa de homicidios; en 1983-87 aumentaron en más del
100% las acogidas en las casas de refugio contra la violencia
sexual; en 1989 en una encuesta del 'New York Times' el 50% de
las mujeres negras y el 25% de las blancas aseguraban que los
hombres querían destruir las conquistas feministas de 1968-88.
Sin embargo, como veremos luego, la realidad ha terminado superando
al siempre brillante análisis citado pues si bien su autora
insistía con razón al comienzo de los noventa que
el grueso del ataque era subterráneo, imperceptible e invisible
para la mayoría de la población, ahora, al final
de esta década la ofensiva es ya pública, declarada,
sin subterfugios de ningún tipo.
Por otra parte, muchas investigaciones confirman la progresión de la guerra contra la mujer moderna que, en EEUU, no cesó con la era Clinton, sino que saltó del nivel subterráneo e ideológico y propagandístico, a la organización pública y de masas. Recordemos, por ejemplo, cómo la manipulación propagandística del SIDA permitió no sólo identificar mendazmente continencia, fidelidad y castidad sexuales con salud y vida, ocultando y falseando abundantes datos muy reveladores sobre el particular, sino que a la vez se amplió la guerra sexual contra colectivos humanos que habían conquistado vitales derechos sobre su cuerpo y su dignidad. En esta atmósfera de miedo provocado, aparecieron las organizaciones de hombres blancos, anglosajones y protestantes, el temible Wasp, que desde hace un tiempo adecuan viejos dogmas sexistas y racistas al capitalismo actual. Desde mediados los noventa crece la tesis del "macho blando", "hombre débil", "retroceso de lo viril", etc. No se trata de una reivindicación de valores no machistas, agresivos, duros, etc., sino de la extensión al área de la guerra de géneros de la ideología autoritaria ultraneoliberal, para recuperar al "verdadero hombre", triunfante, activo, empresario e individualista. Esta recuperación del machismo es simultánea a otros ataques a las libertades colectivas, especialmente contra la conquista histórica de las leyes de discriminación positiva. Si esta ofensiva es palpable en el capitalismo desarrollado, en el tercer y cuarto mundos es ya de una ferocidad despiadada.
Los orígenes de la guerra son los mismos en todo el centro
imperialista variando aspectos secundarios y ritmos expansivos.
En Euskal Herria sintetizamos cuatro: primero, crear una fuerza
de trabajo adecuada a la nueva disciplina del trabajo-tiempo flexible.
Precariedad, paro y pobreza, nuevas tecnologías, cambios
urbanos y sociales, etc., imponen una vida desestructurada, incierta
e insegura. El consumismo erótico de masas ha quedado pequeño;
hay que lanzar al mercado del opio erótico dosis más
fuertes y baratas: tv, vídeo, multimedias, cine, prensa,
publicidad, presentan un cuerpo hipersexuado que demuestra que
el sujeto se prepara para la feroz lucha del sálvese quien
pueda. La reacción machista es la segunda. Ha visto y padecido
los avances de la mujer y de la juventud en estas cuestiones;
ve también que están mejor preparadas para muchos
trabajos, y tiene miedo. El machismo les echa del trabajo o reduce
drásticamente sus derechos, y envalentonado ataca en fábricas,
oficinas, trabajo sumergido o doméstico, cierra centros
asistenciales, guarderías, de autoayuda, juveniles, culturales,
etc., tan decisivos en la lucha sexual.
La industria falocéntrica, tercero, impone un modelo corporal
inalcanzable a la inmensa mayoría. Baja la autoestima e
imagen inconsciente del propio cuerpo, mientras crece el miedo
al rechazo y fracaso relacional. En la juventud la angustia multiplica
las anorexias, y en los adultos la resignación y miedo
a nuevas exploraciones. Además, refuerza la exclusión
de la tercera edad de los placeres sexuales. La menopausia aterra
más que antes no ya por la infertilidad biológica
sino porque supone la expulsión del universo del gozo.
El hombre se preocupa cada vez más por el tamaño
de su pene y su tasa media de penetraciones. La frustración
y la envidia sexual alimentan recelos, odios y autoritarismos,
dependencias para con el líder macho, misoginia y antihomosexualidad,
reforzándose así la autorepresión y autoculpabilidad
por la natural bisexualidad humana. Quién más se
beneficia de esta miseria generalizada es, cuarto, el Estado que
culpabiliza a quienes luchan y crean espacios de libertad. La
juventud y las mujeres libres son objeto de satanización
no sólo por lo que hacen, grave para el nuevo conservadurismo
sexual, sino además porque lo integran en una praxis democrática,
independentista y socialista.
En este contexto es en donde hay que encuadrar el programa represivo
del Gobierno español, antes citado. Si algo le caracteriza
son tres odios tradicionales a la sexualidad libre: odio a la
capacidad sexual de la infancia y adolescencia, aptitud y práctica
ya innegable de ocultar y menos criminalizar desde los descubrimientos
de Freud en su primera etapa, antes de que se hundiera por la
presión coercitiva del sistema patriarco-burgués.
El gobierno español quiere volver a la vieja castidad y
virginidad, tan perniciosas en todos los sentidos. El segundo
es el odio a la libertad de los padres, de los adultos para educar
libremente a la infancia, a sus hij@s, siguiendo las enseñanzas
ya incuestionables de toda la experiencia e investigación
moderna. El gobierno español pretende negar a los padres
ese derecho y necesidad básicas al otorgar a los jueces
la posibilidad de castigar con muchos años de cárcel
las prácticas sexuales de menores de y con menores de 15
años. De esta forma, y por el lado contrario, se refuerzan
al máximo los poderes arbitrarios, irracionales, egoístas
y reaccionarios de dos pilares básicos del sistema patriarco-burgués:
la familia y la judicatura. El tercero, por último, es
el odio a la sociedad misma, a su capacidad para avanzar en la
superación pedagógica, cultura, formativa, social,
educativa, etc., de los males y problemas que afectan a la libre
sexualidad. El gobierno español quiere así transformar
a la sociedad entera en un colectivo indefenso, pasivo e incapaz
de pensar y actuar por sí mismo.
Semejante estrategia es, si cabe, más peligrosa por cuando
es parte de una ofensiva general que recorre continentes enteros.
Pero también porque no duda en manipular cínica
e hipócritamente determinados casos de pornografía
y prostitución infantiles para generar un clima de histeria
colectiva. Una vez creado ese clima, puede intentar pasos más
drásticos y duros, incluso, como ya lo dijo anteriormente,
intentar recortar aún más los supuestos del aborto
libre, o poner trabas al derecho al divorcio, o lanzar una descarada
ofensiva a favor del aumento de la tasa de nacimientos, etc. Lo
peor de todo ello es en sí mismo la potenciación
premeditada de represiones contra la juventud, o sea contra el
futuro mismo y, a la vez, el intento de criminalización
de la sexualidad.
5.-
Hay una guerra de sexualidades antagónicas. Las victorias
y avances son posibles porque la sexualidad emancipada tiende
hacia la aparición de nuevas luchas liberadoras o recuperación
de viejas por su naturaleza multiplicadora y contagiosa de alegrías
de vivir y gozar. En la peor represión surgen actos de
placer y fiesta clandestina pese a prohibiciones y castigos. La
historia de las sexualidades es la de sus luchas permanentes.
El patriarcado lo conoce de sobra y su historia es la de las adecuaciones
o brutalidades para frenarlo. Si a la experiencia gratificante
y al deseo de mejorarla se le unen organizaciones, recursos teóricos
y comunicativos, objetivos a medio y largo plazo, entonces, el
orden sexual dominante lo tiene difícil. Pero son posibilidades,
o sea, se puede perder o no conquistar todo lo que necesitamos
y deseamos.
Para ampliar sus posibilidades, la liberación sexual debe
dar un paso decisivo. El feminismo ha demostrado que lo personal
es político, que lo privado es público y que en
la costumbre o tradición más inocente se esconde
la fiera patriarcal. Hay que recuperar esta lección pero
hay que organizar y crear grupos alternativos, colectivos capaces
de enseñar cosas, explicar leyes, hacer autodefensa, montar
justicia popular, presionar en la calle e instituciones, etc.
El machismo se envalentona cuando ve indefensas a sus víctimas.
Impregna tanto la burocracia que multitud de propuestas e iniciativas
progresistas y denuncias por abusos se archivan y se pierden por
desidia, indiferencia o solidaridad sexista con el acusado. Lo
mismo sucede con la prensa, educación, trabajo, domicilio,
ejército, etc. En la liberación sexual disponer
de poderes alternativos es mucho más importante que en
el resto de luchas reivindicativas porque la libertad suscita
miedos, angustias, odios y rechazos irracionales y furibundos
en quienes se ven expropiados de sus ganancias y beneficios sexuales:
"la maté porque era mía".
Después debe abarcar como campo de lucha toda la capacidad
de gozo de la persona. De entrada, tres pasos imprescindibles;
uno, defender la sexualidad infantil, estudiarla, exigir su explicación
en escuelas, a los padres. Mientras a la infancia se le niegue
la autoexploración placentera, el juego erótico
colectivo, la normalidad corporal y afectiva en su entorno; mientras
se le maleduque en el sexismo, en su lenguaje, en sus desprecios
misóginos y antihomosexuales, en su desconocimiento de
la bisexualidad, seguirá fortaleciéndose el sistema
en lo más profundo de la estructura psíquica de
masas. Hay que luchar en el sistema educativo, en la familia,
prensa y tv para que se den cursos con estos temas. Otro, hay
que independizar la sexualidad de la religión. No hay liberación
sexual con terror moral y miedo al pecado, aceptando la castidad
y virginidad, rechazando los anticonceptivos y del condón.
Por último, criticar la institución familiar. Bien
es verdad que la familia abertzale tiene un gran mérito
en el mantenimiento del euskara y del independentismo, en la incondicional
solidaridad con l@s prisioner@s y exiliad@s, con l@s parad@s,
etc. Pero la familia es, en el plano sexual sobre todo, la primera
fábrica de miedo al placer y producción de obediencia,
además del campo de concentración de la mujer emancipada.
No hay que esperar ningún avance significativo a largo
plazo, que son los determinantes, si no se interviene en estos
tres campos básicos que, por eso mismo, son los más
protegidos por el sistema patriarco-burgués actual. Las
reivindicaciones clásicas, no menos prioritarias, pueden
obtener logros inmediatos y mantenerse según la correlación
de fuerzas a medio plazo, pero indefectiblemente serán
barridas si la infancia sigue atemorizada, castrada mentalmente.
La infancia hoy dejada en manos machistas será mañana
el verdugo de la libertad sexual en una Euskal Herria independiente
y socialista. La experiencia histórica, en este sentido,
es amarga y apabullante. En la lucha entre sexualidades no hay
nada irreversible. La capacidad de adaptación del patriarcado
a los cambios políticos, socioeconómicos y culturales
es impresionante, también lo es su adaptabilidad a los
modos de producción.
La denuncia de las cadenas básicas del orden sexual dominante
-infancia, religión y familia- no agota el problema. A
grandes trazos, hay cuatro que debemos considerar. Una cadena
también de decisiva importancia, es la crítica y
superación prácticas del estereotipo sexual y corporal
de la mujer, de principio de dependencia y secundariedad con respecto
al hombre que lo domina, y que oculta, en realidad, el mecanismo
de explotación y extracción de beneficio sexo-económico
patriarcal. El hombre obtiene con esa explotación no sólo
beneficio material medible en horas de trabajo, productos, orgasmos
falocéntricos, hij@s, acaparación de propiedades,
etc.; también obtiene beneficio simbólico, una gratificación
en su autoestima de macho dominante, de sexo fuerte. Es decir,
el capital simbólico que el hombre tenía antes de
la relación de dominación sobre la mujer, se ha
incrementado a lo largo de esa relación. Y el estereotipo
sexual y corporal de la mujer, "su" mujer, es una pieza
elemental en el proceso de reproducción ampliada del capital
simbólico machista. Toda la técnica orgásmica
falocéntrica está pensada para ampliar el capital
material y simbólico y, a la vez, aumentar la dependencia
de la mujer. No existirá, por tanto, liberación
sexual mientras sobreviva la lógica del beneficio sexo-económico
patriarcal.
Otra, la segunda, unida a ella, es la intervención crítica en el conjunto de relaciones "normales", habituales, dentro de los parámetros de la sexualidad oficial actual, incluso con sus versiones progres. Dentro de las relaciones en pareja con o sin el fantasma del triángulo amoroso, del/la tercer@s en discordia; en los sueños sexuales no comentados, en imaginación erótica inconfesable, en sus secretos y vergüenzas, sean hetero, bi u homosexuales, sean en grupo o en solitario, con ambigüedades y límites borrosos sobre prácticas sado-masoquistas, zoofilia, pornografía, fetichismo, etc., es decir, lo que la doble moral oficial llama "aberraciones", y que otras sexualidades anteriores o diferentes a la actual resuelven de forma diferente, ahí hay un inmenso campo de debate e intervención que las izquierda dejan siempre en manos de moralistas baratos, curas cínicos y supuestos especialista en sexología.
La tercera, es la potenciación de otras sexualidades, es decir, mientras que el punto anterior plantea la necesidad de combatir dentro del dispositivo sexual oficial, normalizado, hay ya fuera de él, o lindando y rozando con él, otras sexualidades que no podemos dejarlas en manos de la versión progre del orden dominante. La guetificación y neutralización de las homosexualidades es un ejemplo de cómo el sistema, si lo necesita, puede integrar en sus propaganda legitimadora prácticas y reivindicaciones que nacieron antagónicas. La guetificación, la codificación del gay y de la lesbiana con una imagen precisa, logra su aislamiento del entorno y la aparición de un glacis protector del orden dominante y, además, permite que sectores suyos descarguen sus fobias y odios sobre ese gueto ya identificado e indefenso. Muchas izquierdas piensan que los derechos gays y lésbicos se han obtenido ya y se materializan en los guetos, en los círculos cerrados, o lo que es peor, en la imitación de los roles y jerarquías patriarcales heterosexuales.
Cuarta, existe una contradicción irresoluble entre trabajo
asalariado y libre sexualidad. Cuando el cuerpo se agota en ir,
trabajar y volver. Cuando el desgaste psicosomático se
multiplica por la producción flexible y la precarización.
Cuando decrece alarmantemente el tiempo propio, libre, el único
verdaderamente apto para la sexualidad creativa. Cuando el modelo
falocéntrico hipersexualizado margina y desprecia a la
inmensa mayoría. Cuando la mujer ha de multiplicarse para
atender al trabajo doméstico, al asalariado fuera de casa,
a las necesidades familiares nuevas causadas por la caída
de los servicios sociales, por la carestía y la precarización.
Cuando la angustia por el paro, o el paro mismo, cansa, gasta
y desilusiona, crea tensiones y nervios, alcoholismo, agresividad.
Cuando empeoran las condiciones de trabajo, los riesgos de accidente,
las tensiones por las nuevas disciplinas laborales y el competitivismo...decrecen
proporcionalmente las capacidades, ganas y deseos creativos, novedosos,
exploradores de la sexualidad. Hay que debilitar drásticamente
la dictadura del salario, primer paso para su extinción
histórica, base de otra sexualidad ahora inimaginable.
Quinta, dado que malvivimos en una sociedad enferma, drogada,
sometida a múltiples peligros para la salud colectiva e
individual, la socialización de una sexualidad sana exige
la simultánea transformación del orden médico
que surgió, como hemos visto, en el mismo proceso de surgimiento
del orden sexual capitalista. No se puede superar el segundo sin
superar a la vez el primero. Y la medicina del cuerpo va al aparato
psiquiátrico y psicológico, pieza básica
de la normalidad falocéntrica. Esta urgencia es tanto más
imperiosa cuanto que nos encaminamos a la proliferación
de enfermedades de transmisión sexual directa o indirecta,
de crisis psicosomáticas y masificación de las drogodependencias.
Además, la industrialización mundializada y privatización
del orden médico en detrimento de las masas oprimidas y
carentes de recursos económicos para atender a su salud,
este proceso, recrudece la necesidad de mejoras inmediatas en
y para la salud pública. Disponer de buena, veraz, constrastable
y aplicable información sobre los problemas sexuales, de
salud y de la vida, es prioritario.
Sexta, por último, la sexualidad libre ha de plantar cara en el nivel político duro, directo y elemental: ¿quién manda?. Toda sexualidad es una construcción social y contiene dentro suyo una fuerza de poder. Todo depende de qué poder se trata, para qué se usa y cómo se planifica su autoextinción en cuanto ya no sea necesario. Por ahora, la cuestión es más simple: la liberación sexual tiene como objetivo ampliar las fuerzas de emancipación, de libertad, de crítica, de construcción revolucionaria individual y colectiva, de modo que se acelere, se acorte, se facilite la destrucción de las cadenas sociales, sexuales y morales que nos aplastan. La independencia y el socialismo, junto al avance majestuoso y celérico en otra sexualidad facilitado por la conquista del poder popular, serán sólo los primeros pasos, bellos y excitantes pero transitorios, hacia otra humanidad.
1998-II-10
Iñaki Gil de San Vicente
![]() |